28 de mayo de 2008

De abstraccionismo y revelaciones

Por Luis Carlos Émerich
Novedades, 21 de octubre de 1993


Por los años cincuenta algunos pintores de la generación hoy denominada Ruptura, traían en su maleta y, mayormente en su conciencia, la teoría y las ganas de practicar un lenguaje pictórico que, si bien no era nuevo, repercutía aquí su boom en América con el ascenso o «triunfo» de la Escuela de Nueva York. A esta generación le había sido dado salir al «mundo» a estudiar y, sobre todo, a ver pintura. El mundo entonces era Europa y un polo de desarrollo estético llamado Nueva York acuciaba el alma de las vocaciones artísticas mexicanas. Aquí todo parecía aún encerrado en un concepto de nacionalismo y de supuesto realismo pictórico, que el hecho de mirar hacia otro lado se calificaba de malinchismo. Pintura que no acometiera problemas sociales y los resolviera como logro sexenal era poco menos que traidor a la patria, un exotista, pasando por alto que las raíces formales del nacional muralismo eran profundamente europeas.

Por esto, si Lilia Carrillo o Fernando García Ponce o Vicente Rojo o Enrique Echeverría, entre otros, experimentaban con lenguajes pictóricos autorrepresentativos, o sea, con una autonomía creativa que algunos críticos llamaron «ensimismada» o narcisista, desatenta a los triunfos del PRI o a la belleza de la pobreza inmemorial indígena, se consideraba que la juventud artística de México estaba dando un paso atrás; o bien, que había ido a Europa o a Nueva York a contaminarse del imperialismo estético, lo cual significaba que el imperialismo local «mexicanista» estaba perdiendo fuerzas, o que roto desde adentro era colonizado de nuevo.


Hits

El caso es que el lenguaje abstraccionista, desde el geometrismo hasta el lirismo denominado informalismo, tuvo sus hits y sus lúcidos exégetas, conquistó su espacio y al rato estaba convertido en el rector estético vía academias de arte. Formó una nueva generación que del informalismo ganó la libertad para discurrir sin más propósito que recibir una sorpresa visual-emocional de la propia obra como si ésta se gobernara por sí misma, del mismo modo que el inconciente. Esto que una vez fue novedad, o «moda» según las malas lenguas, es un recurso común en la creación plástica, sea figurativa o no, incluso si es conceptual o todo lo contrario. Y es en esta vena que Jordi Boldó (1949), catalán de nacimiento y mexicano por adopción, ha transitado desde su primera exposición pictórica (1978) hasta la fecha.

Quizás a los pintores más jóvenes que él su obra les parezca aferrada a una especie de academia —por cierto, con uno de sus mayores polos de desarrollo en Cataluña—, y que luego de una década (los ochenta) de denodada mexicanidad, se mire ajena a la realidad inmediata, casi del mismo modo que se le vio en sus orígenes, o sea, desde que la pintura se ensimismó o se volvió autorrepresentativa, autónoma, cuando allá afuera el mundo seguía sin saber de sí. Sin embargo, por otro lado, y como también Boldó, sólo miran hacia lo que ellos mismos hacen o piensan, descalificando todo aquello que no se asemeje a lo propio. Así que las abstracciones de Boldó se encuentran en la misma soledad (llamada incomprensión) en que se origino el estilo, lo cual indica su convicción profunda y su identificación con el potencial de un lenguaje para seguir expresando matices del enigma que lo genera, como una empresa personal validada por su propia fuerza.

Por supuesto, tal soledad es virtual, o en su caso, generacional o tendencial, puesto que todo abstraccionista parece empezar siempre de cero, a pesar de las evidencias contrarias.


Abstracción y fe

Por las pinturas de Boldó se puede pensar que el abstraccionismo es una convicción profunda, una mística y una fe, al grado de transformar su espontaneísmo y gestualidad en el único modo de comunicación consigo mismo, con la pintura y con la interioridad del espectador. Nada obstruye ese flujo, nada lo delimita, pues las suyas son sensaciones del mundo que sólo se pueden expresar en ese otro mundo que es la pintura; es decir, los pigmentos que sólo por accidente aludirán a formas reconocibles al invadir indiscriminadamente el espacio. También parece que las leyes de la armonía cromática tendrían que inventarse de nuevo, y que los valores afectivos de la textura y el contraste habría que resituarlos mucho más allá de la realidad, en un plano paralelo al mundo físico y a su conciencia normada.

Sin embargo, en la más reciente exposición de Boldó, titulada Revelaciones profanas, el espectador puede sentir la necesidad de que sus pinturas se parezcan a algo, quizás porque sus estructuras formales tienen algo de retablo o de portada de iglesia. A diferencia de su obra anterior, relacionable con sensaciones amorosas, con vértigos nebulosos o con pequeños universos por similitud con su dinámica espacial, hoy Boldó no sólo capta al vuelo lo “invisible” o la indefinición sensorial, sino que con esa materia «prima» construye algo a punto de ser un «edificio» o su esqueleto para apoyar en él áreas de colores fuertemente contrastantes, aún así amorfas, anárquicas. Su fe ciega en los valores anímicos del color, su incontrolable libertad «abstracta», su propuesta de que todo y nada vale en la pintura de hoy, es un acto de fe en los contenidos del inconsciente como ley absoluta, haciendo creer que toda retoma del abstraccionismo lírico debe partir de la nada, virtualmente.


Revelaciones profanas
Por Jorge Juanes

Estamos acostumbrados a esta existencia y a este mundo, y no sabernos ya ver por sus sombras, abismos, enigmas, tragedias hasta el punto de que se necesita tener un espíritu extraordinario para descubrir los secretos de las cosas ordinarias. Ver el mundo común de manera no común, tal es el verdadero sueño de la fantasía.
Giovanni Papini

Habitamos un mundo desgarrado por la destructividad del nihilismo. Nihilismo es eso: voluntad de dominio concretada como imperio de la Razón técnico científica; muerte de lo sagrado; repudio al cuerpo y a la naturaleza; masificación de los individuos; desdén hacia la sensibilidad; se trata, en fin, de la secularización logocéntrica de la experiencia existencial. Y los mortales padecemos, bajo el phatos del dolor y de la angustia, el hecho de la imposición de la ley de la renuncia sobre el deseo. Pero queda todavía el arte. Constelación celebrativa, irredenta, capaz de conmocionar lúdicamente el desierto nihilista y de des-cubrir, en cualquier instante, el aura encarnada en lo profano. Si para los planificadores de la tierra la materialidad es el objeto servil, anulado/anulable en nombre de la afirmación del Sujeto totalitario, si es sólo un simulacro instrumental, ello obedece a que lejos de conservar la entraña específica de la materialidad, con su sensación y su magia irreductible, anulan ésta en la nada. Para el arte, por el contrario, la materialidad, lo profano, contiene un substrato indomeñable, libertario, sacro, enigmático. Percibimos así que entre el ataque nihilista y la recepción del arte se dirime el conflicto irreconciliable entre dos visiones de lo real; en el nihilismo, el del sacrificio "purificador" —ataque de la nada sobre el Ser— y, en el arte, la apoteosis celebrativa que provoca el retorno de lo irredento.

Hablamos ya de las pinturas de Jordi Boldó. Habrá que desplegar el arco iris de las sensaciones y desplegar velas redentoras en las cicatrices del mundo. Abrir el cuerpo. Unir la red de los sentidos con el tejido cromático intuitivo plasmado por el pintor, tan cerca, tan cerca que se alcanza a penetrar la otra cara del mundo. La cara oculta, el origen, lo no utilitario, un origen herido por el uso brutal perpetuado por ideologías brutales, herido pero dispuesto a resistir. Son señales, signos, campos tonales, texturas, marcas, huellas, impresiones, manchas, síntomas, trazos, también geometría. Habría que agregar: buen gusto, elegancia, resonancias lunares.

La obra de Jordi Boldó impide, en efecto, la clausura de la otredad; aunque ahora la otredad tenga que manifestarse apartada, calladamente. Género: ¿Arte abstracto? Nada de eso: sino la sensación de la cosidad percibida en el instante de su des-ocultamiento. Existe un modo de suscitar la sensación: la lírica del color. Un color que participa de la mesura, e invita a la mirada a ser cómplice del silencio. Técnicas mixtas, territorio de pasta delimitado por zonas circunscritas, todo vibrando en la intemperie, como paisajes interiores afectados por la presencia insoslayable del afuera. Una revelación profana, en soledad, donde el tiempo instrumental revierte en una suma de instantes inasibles. Los contornos y los colores que sostiene el afuera son entonces como fragmentos de un todo invisible. Hay no obstante un circuito, un puente abierto entre lo que aparece y lo que se oculta. Obras. Cruce ante los sentidos de lo grandioso y lo insignificante, lo caído, lo placentero, incluso la materia arrojada a la basura, al ras de la vida cotidiana. Asombro es la palabra.

El conjunto de las revelaciones profanas indica pues que los objetos singularizados que están en el punto de partida de cada obra —objetos encontrados casualmente en el tránsito de cualquier mortal, gastados por el cliché o por el uso, objetos ordinarios en suma— se desvanecen librándose sólo de su perfil superficial, mas no de su densidad. Eso es lo que ahora importa: aprehender la huella de cada objeto, lo indeleble, aquello que por ser hermético impide que forma representativa alguna lo contenga. Digamos que la ausencia de representación le permite al pintor, paradójicamente, calar en el contenido substancial de la cosidad. Habrá que señalar además que la revelación, mediante la cual lo profano recupera su profundidad abisal, exige desembarazarse de la rutina, romper toda codificación, asir las sensaciones inscritas en las cosas e integrarlas a las sensaciones del observador; lo que emerge como resultado es la inscripción de lo sentido antes que de lo reflexionado.

Suma. Resta. Grado cero. Riesgo que genera sus propios riesgos. Pinturas sobre planchas de offset, pinturas sobre tela. Poética del sentimiento, concretada en la experiencia del objeto huido. Conjura de la amenaza de los poderes totalitarios que, a la izquierda o a la derecha amenazan al planeta. Colores íntimos siempre, espacios densos e indivisibles, esfumados; frutos de la espera, la cosecha, el recogimiento. Pinturas que incluyen lo que el tiempo de la indigencia que nos ha tocado vivir quisiera desechar: la exaltación, la errancia. Como emplazar la vida en el encuentro de lo iluminado en la época de la negra noche del mundo. Su gratuidad, su improductividad, obras que son gasto sin rendimiento. Algo persiste: el exceso, la diferencia; cada cuadro en lo suyo, fuera de protección normativa alguna, pues lo que en definitiva nos abre al horizonte de la plástica, es el haberle dado entrada al azar, juego por tanto del desamparo, digamos, adentro y afuera. Ensimismamiento. Aventura.
  • Texto original publicado en el catálogo de exposición "Revelaciones profanas", Galería Pecanins, Ciudad de México 1993.
  • Ver imágenes en jordiboldo.com en el apartado Galerías / Revelaciones profanas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada