12 de diciembre de 2008

Arte o basura



El arte contemporáneo me produce sentimientos encontrados. Hay trabajos fantásticos y excepcionales, pero lo común es toparse con la majadería, la superficialidad y el vacío. La mayoría son expresiones vulgares que me dejan sumido en la decepción y la incredulidad.

Quizás siempre ha sido igual, pero hoy más que nunca, vivimos perdidos en la banalidad y el consumismo. El arte está invadido por la mercadotecnia y la tecnología. Las artes visuales —en particular— dependen demasiado de la literatura, y la palabra a sustituido al objeto. Sin duda, todo acto creativo necesita de la reflexión, pero la retórica se ha vuelto más protagónica que lo necesario. Hay cosas que no puede suplantar la teoría, y ésta, abusa innecesariamente. El arte de nuestros días se ha convertido en un arte conceptuoso y desobjetivado. Pero éstas no son las únicas dificultades, hay una exagerada influencia del diseño, tendencia añeja que ha venido transfigurando un territorio en el otro y que mucho pervierte al campo artístico. Otro problema, originado del relativismo cultural que nos inunda, es que todos quieren ser protagonistas —lo hagan bien o mal. Cualquiera muestra su trabajo, y además, espera tener éxito. Entonces, ¿quién es el público? Son necesarias las dos partes, y no es sólo el artista el que debe imaginar. El espectador también ha de compartir esa capacidad. Si no, ¿cómo sería posible la comunicación?

Hace unos días escuché que con el arte contemporáneo no se puede saber si lo que vemos es arte o basura. La verdad es que nos dejamos engañar por nuestros complejos intelectuales y callamos cuando, indudablemente, nos quieren tomar el pelo. La gente es incapaz de saber lo que le gusta, y espera que alguien venga y se los diga. El miedo a parecer ignorantes, o a estar fuera de moda, lleva a muchos a elogiar auténticos disparates.

El arte de nuestros días sobrevive gracias a la ignorancia y a la desfachatez artística elevada a la categoría de mito, pero sobre todo, por el cinismo de críticos, comerciantes y funcionarios culturales que abusan de la estupidez colectiva para encumbrar a unos cuantos impostores rodeados de un aura de grandeza que poco tiene que ver con la calidad, y si mucho con el esnobismo o el afán de novedad.

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