
Con los años mi pintura se ha vuelto menos lírica y abstracta. Poco a poco se ha “intelectualizado” y, quizá por ello, ha dejado de hacerme tan feliz como al principio. El caso es que me he venido separando paulatina y voluntariamente de la pintura, sencillamente, porque ya no me hace tanta ilusión, al igual que muchas otras cosas que tampoco percibo con el mismo entusiasmo romántico de hace unos años. Sin embargo, en mi desencanto, he ido encontrando otras cosas importantes que refuerzan mi gusto por vivir. Hoy pinto lo justo, sin exagerar, para ir tirando, y procuro alejarme de las prácticas intoxicantes que tiene esta profesión. No me preocupa el éxito ni la permanencia, y trato de conservar —hasta donde me sea posible— la emoción original. Procuro, además, marcar con claridad, una línea entre lo artístico y lo personal. Es importante disfrutar la vida, y para eso, debemos aprender de nuestros propios procesos, cosa que depende exclusivamente de cada uno de nosotros.
Ser pintor es algo agotador. Hay que ser apasionadamente inquieto, entusiasta, valiente y curioso; creer ciegamente en lo que se hace. Ser paciente, trabajador y conservar la inocencia. Producir con concentración y humildad, tener la virtud de quien se olvida de sí mismo —de su hambre, de su sed. Mirar siempre como si se estuviera aprendiendo a mirar por primera vez. Recorrer un mismo camino varias veces y en todas las direcciones; buscar algo donde no haya nada. Y, además, tener la extraordinaria fortuna de atinar, de encontrar después de mucho tiempo, una voz, una imagen propia, que diga algo, que interese, que provoque, y que suscite en quien la vea —si esto no es ya mucho pedir— una emoción inolvidable.