24 de octubre de 2008

Reflexiones y confesiones



Es probable que me haya dedicado a pintar por mi habitual misantropía, por la sencilla razón de querer estar solo. Quizá, además, por no tener cabeza para otra cosa. Lo bueno es que la pintura me ayuda a pensar mejor. Lo malo, que me obliga a sociabilizar demasiado.

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Cuando empecé a pintar creía en la posibilidad de la perfección. Con el tiempo aprendí que lo importante es el error y que la perfección no ofrece incentivos para mejorar. Los errores y “accidentes” —hasta los más graves o absurdos— estimulan nuestra imaginación y ayudan a seguir sorprendiéndonos. Buena parte de la creatividad consiste en aprovechar las equivocaciones, pues representan la posibilidad de descubrir una nueva poética, aunque al principio te resulte extraña. Baudelaire decía que “lo bello siempre es extraño”.

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Procuro mantenerme lejos de la seducción que la vanidad ejerce sobre la mayoría de los pintores. Siempre hay algo patético en su actitud, sobre todo porque creen en la posibilidad de trascendencia artística. La posteridad no existe. Los artistas mueren y se encaminan, como cualquiera, hacia la nada. Son olvidados por el barullo y el empuje de los vivos a una velocidad vertiginosa. Soy testigo de cómo muchos famosos en vida, al morir —incluso antes—, se esfuman de nuestro recuerdo como dibujos de humo. Conozco artistas e intelectuales de los años sesenta y setenta que no sólo se imaginaron trascendiendo, también creyeron que siempre serían jóvenes, y todavía no salen de su estupor.

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Una buena forma de mantener el equilibrio es pasar la mitad del día dentro de los mundos que uno crea, y el resto, fuera de ellos, atento a lo que nos rodea.

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